Benito Bermejo

Via: Jot Down : Mi tío, un personaje de Javier Cercas

Publicado por Andrea G. Bermejo

WAR & CONFLICT BOOK ERA:  WORLD WAR II/WAR IN THE WEST/THE HOLOCAUST

Descubrí la historia de Enric Marco, el falso superviviente de un campo de concentración nazi, como todo el mundo: en el periódico. Con una salvedad. Benito Bermejo, el historiador al que las entradillas atribuían el descubrimiento, era mi tío. Esto ocurrió en 2005. Yo tenía veinte años. La portada de El Mundo el 12 de mayo decía: «Enric Marco reconoce que fingió ser preso de los nazis». Y a continuación: «El historiador Benito Bermejo denunció que su nombre no figuraba en los archivos del campo de concentración de Flossenbürg».

No fui la única de mi familia que descubrió las investigaciones de Benito Bermejo en los periódicos de mayo. El hermano pequeño de mi madre, el tío cariñoso que de niña me llevaba al zoo en teleférico y en cuya casa usé por primera vez un ordenador, era también un hombre reservado y discreto, ensimismado y poco hablador de su trabajo a menos que le preguntases por él. En primavera de 2002 mis padres me llevaron al parque del Retiro para que me firmase un ejemplar de su primer libro, Francisco Boix: el fotógrafo de Mauthausen.Recuerdo aquella cola hacia la caseta de la editorial RBA como una procesión de orgullo pues mi tío entraba entonces en un gremio, el de los escritores, que yo admiraba. Pero hicieron falta tres años y el escándalo de Enric Marco llenando las portadas para que yo comprendiese la importancia de su otra profesión.

Benito Bermejo, el historiador, había desenmascarado al presidente de la Asociación Amical de Mauthausen y otros campos de concentración, al hombre que había conmovido al Parlamento con su falso relato como deportado español, al fingido superviviente que iba a presidir las conmemoraciones del sesenta aniversario de la liberación de Mauthausen a las que acudiría por primera vez un mandatario del Gobierno: José Luis Rodríguez Zapatero. Mi tío, el historiador, había desvelado que Enric Marco nunca había sido prisionero en Flossenbürg sino que en 1941 se había acogido de manera voluntaria a un convenio firmado entre Hitler y Franco para trabajar en la industria de armamento alemana.

Benito Bermejo había sospechado de Enric Marco desde el principio. Aunque el falso deportado se prodigaba por doquier, dando más de cien charlas al año, cuando mi tío se acercaba a preguntarle por su historia, este se mostraba hermético. Hubo pocos encuentros —uno en el Palau de la Música en 2001, otro en Mauthausen…— y, en todos, Marco se mostró escurridizo, aportando detalles coloridos en sus respuestas pero sin elaborarlas demasiado. Su relato escueto era, además, distinto a aquel que había contado en las entrevistas concedidas a partir de los años setenta, cuando había empezado a tejer los detalles de su falso pasado. Y entre mentira y mentira, iban apareciendo las verdades. Los hechos que narraba Marco le recordaban a mi tío al itinerario de un trabajador voluntario en la Alemania del 41, aquel que habían realizado tantos españoles intentando zafarse de las duras condiciones de la posguerra.

Al parecer, no hicieron falta demasiadas preguntas para que el impostor se sintiese acorralado. «Mira, muchacho, lo que tienes que hacer es dedicarte a otras cosas», le dijo a mi tío Enric Marco mientras sacaba de su cartera una fotografía publicada en Cambio 16 en la que mostraba su espalda cubierta de hematomas. «Es lo que hacía la policía de Martín Villa y esto es algo que deberías investigar. Lo otro, déjalo», le recomendó. Pero Benito Bermejo no le hizo caso, aprovechando a partir de ese momento cualquier ocasión para preguntar por Marco a quien lo había tratado. Por ejemplo, a Floreal Samitier, residente en Toulouse, activo en la CNT de la España en el exilio, o a Abel Paz, biógrafo de Durruti, de quienes obtenía testimonios que en ningún caso le alentaban a dejar el caso de lado. Hasta que un día, en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, investigando sobre otro tema, se cruzó con la prueba definitiva de aquella impostura: la carta que encontró, la última de una correspondencia en la que se reclamaba a Marco para hacer la mili, informaba al Ministerio sobre su paradero en Kiel (Alemania) como trabajador contratado en una empresa.

Con la prueba de la mentira de Marco en su poder, mi tío intentó encontrarse con él. No tuvo éxito. Aunque en un principio el falso deportado accedió a verlo, fue aplazando la cita mes a mes con la excusa de la inminente conmemoración de Mauthausen, en la que él mismo había sido elegido para dar un discurso. Este último dato, así como la confirmación de la asistencia de Zapatero a la celebración, sirvieron para que Benito Bermejo redactase un informe. En él exponía la realidad de Marco y aducía que sería una vergüenza para España y un escarnio para los exdeportados que iban a acudir al evento que este lo presentase un hombre que jamás había sido prisionero en un campo de concentración. Aquel informe lo envió a varios historiadores y a dos personas —del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y de la Fundación Pablo Iglesias— que le aseguraron que lo pondrían en manos del Gobierno.

El caso estalló en las portadas de los periódicos. Lo que no se supo, o no tanto, es que aquel no era el primer falso deportado al que descubría. Meses antes del sonado escándalo, él y la historiadora Sandra Checa habían recabado las pruebas necesarias para desenmascarar a Antonio Pastor y habían publicado en la revistaMigraciones & Exilios un comunicado titulado «La construcción de una impostura» en el que no se mencionaba el nombre de Pastor pero sí la falsedad de su relato. El 20 de mayo de 2005, en una carta al director de El Idealde Granada en respuesta a la réplica de la familia de Pastor, los historiadores argumentaban que, como especialistas en el estudio de los republicanos españoles que sufrieron la deportación a los campos del III Reich, habían comprobado que el susodicho no aparecía en los registros relacionados con Mauthausen. Por el contrario, poseían pruebas de que en el periodo en que pretendía haber sido deportado se encontraba internado en el campo del Vernet d’Ariège (Francia) o ya en España tras su retorno voluntario en julio de 1941, por lo que nunca podía haber conocido la ocupación alemana. «Junto a las fuentes de archivo, hemos utilizado los testimonios de los supervivientes de dichos campos. Además, los testigos representan para nosotros una referencia moral», decía también esta carta.

Pasó el tiempo. Los impostores cayeron en el olvido. En el Delta del Ebro, una semana santa, conocí a un argentino llamado Santi Fillol que acababa de rodar un documental sobre Enric Marco (Ich Bin Enric Marco) y había entrevistado a mi tío. En esa época yo vivía en Madrid y nos veíamos a menudo. Algunos domingos llevaba al cine a su hija Lucía, mi ahijada, y al devolverla a casa aprovechaba para preguntarle por sus investigaciones, cómo era su día a día, de qué manera encontraba a sus fuentes o por qué estudiaba unos temas y no otros. Eran, en su mayoría, entrevistas de refilón que yo disfrutaba como lecciones privadas de historia, tan alejadas de los ásperos manuales del colegio y la facultad, consciente (ahora sí) del privilegio que me brindaba la sangre, mientras mi prima se impacientaba por compartirme con aquellos asuntos serios.

Los Archivos de Salamanca, Alcalá de Henares, Asuntos Exteriores, Mauthausen, Flossenbürg, los Archivos Federales en Berlín… Esas habían sido las oficinas a las que había ido cada mañana a trabajar mi tío durante la escritura, de nuevo junto a Sandra Checa, de Libro memorial. Españoles deportados a los campos nazis (1940-1945), un inventario de los nueve mil españoles presos en los campos de exterminio. El Ministerio de Cultura también les había encargado realizar una serie de entrevistas a cerca de cien supervivientes que les habían llevado a Alemania, Austria, Francia o Bélgica en un intento de recolectar el testimonio vivo de aquella época trágica.

El libro de Francisco Boix que mi tío me había firmado aquella tarde en El Retiro había sido su puerta de entrada a la investigación de los deportados españoles. Boix, fotógrafo confinado en Mauthausen, había eludido los trabajos forzados en las canteras de piedra revelando y archivando imágenes en el servicio de identificación, donde se guardaban las fotografías tomadas en el interior del campo. Había sido allí donde el catalán había comprendido el enorme valor de aquellos documentos gráficos, de manera que convenció a algunos presos para que los escondieran. Mi tío colaboró en la investigación histórica y en el guion de un documental sobre Boix (Un fotógrafo en el infierno, de Llorenç Soler) y más tarde, recopiló en un libro algunas de las veinte mil fotografías presuntamente salvadas. Francisco Boix: el fotógrafo de Mauthausen ha sido traducido al catalán, alemán y francés, está pendiente de traducirse al inglés y se reeditará en España a finales de 2015 o principios de 2016. El libro también sirvió de inspiración para la obra de teatro El triángulo azul, deLaila Ripoll y Mariano Llorente, estrenada recientemente.

La investigación de Boix le llevó a entrevistar a un suboficial de las SS que había trabajado al frente del servicio de identificación. Mi tío había leído en los archivos que Hermann Schinlauer, ese era el nombre del exnazi, era originario de Genthin, así que como un detective privado buscó en la guía telefónica hasta dar con él. «¿Conoció usted a Francisco Boix?», le preguntó cuando este respondió al otro lado del teléfono. «¡Cómo podría olvidar a Franz!», contestó el suboficial. Accedió a ser entrevistado y mi tío viajó hasta aquel pueblo, situado a unos noventa kilómetros de Berlín, para conocerlo. Durante el encuentro, Schinlauer le confesó que no le había contado a nadie su pasado. Ni siquiera su mujer y sus hijos conocían su paso por Mauthausen. Cuando mi tío preguntó por qué, este respondió: «Das ist eine Schade!» (¡Es una vergüenza!).

Y, sin embargo, el exnazi sí que había revelado su pasado en una ocasión. Hacía ya tiempo, un hombre había llamado a la puerta de su casa presentándose como el yerno de un compañero suyo en el campo de concentración. «¿Qué quería?», le preguntó mi tío. Hermann Schinlauer le contó que aquel hombre había acudido a él movido por el tormento de su esposa, que tras la muerte de su padre había encontrado unas cartas que le habían revelado su verdadera historia. «Mi mujer me ha encargado que venga a hablar con usted porque vive atormentada por el pasado de su padre», le explicó aquel joven a Schinlauer, a quien iban dirigidas aquellas cartas, y años después, este a mi tío. El ex-SS intentó tranquilizar al yerno de su amigo prometiéndole que, a pesar de haber sido suboficiales de Hitler, ni su suegro ni él mismo habían participado en ninguna acción criminal. Pero el pasado se había abierto paso entre las mentiras vergonzosas, de la misma manera que años después mi tío recibió una llamada inesperada desde el oeste de Alemania. Schinlauer había muerto y su hija había descubierto entre su correspondencia una carta que mi tío le había escrito al ex-SS antes de presentarse en su casa. Posteriormente, encontró un ejemplar alemán de Francisco Boix: el fotógrafo de Mauthausen y allí leyó el testimonio de su padre, que incluso había permitido a mi tío publicar un retrato que Boix le había hecho en el campo de concentración.

No fue la única ocasión en la que tuvo que dar malas noticias. El Libro Memorial le condujo ante al menos quince familias que desconocían qué había sido de sus padres o abuelos. Fue el caso, por ejemplo, de aquella viuda torturada por el paradero de su marido que acabó suicidándose y cuyas hijas, en los sesenta, fueron a¿Quién sabe dónde? sin conseguir averiguar el destino cruel de su padre hasta que mi tío descubrió que había sido una de las víctimas de los campos. Trescientas cincuenta familias supieron por boca de Benito Bermejo —no ha sido el único historiador que lo ha hecho— que tenían derecho a una pensión del Gobierno de Francia de 475 euros mensuales o 27.000 euros vitalicios para los huérfanos de las víctimas del Holocausto.

Los viajes y entrevistas que Benito Bermejo y Sandra Checa realizaron para escribir Libro Memorial tuvieron una última consecuencia inesperada, convirtiéndoles en comisarios artísticos de una exposición insólita.Supervivencia, testimonio y arte: Españoles en los campos de concentración nazis fue una colección itinerante que recorrió Salamanca y Vitoria exponiendo obras creadas por españoles que habían sido presos en Mauthausen. Esto fue en 2010, en plena crisis económica, razón que sirvió para que las obras se almacenasen y no llegasen a más ciudades españolas.

Me enteré de que Javier Cercas estaba escribiendo un libro sobre Enric Marco por Lucía, que había añadido el apellido del autor a su repertorio cómico: «¡Javier Cercas! ¡Javier Lejos!», me dijo un día. Mi tío añadió después que se había reunido con el escritor durante la preparación del libro, de ahí la gracieta de mi prima. De manera que esperé a la publicación de El impostor con gran expectación, pues intuía que una historia como aquella solo podía pertenecer a la familia de las novelas sin ficción y los relatos de lo real, aquella literatura de riesgo que me había conmocionado desde que había leído El adversario, de Emmanuel Carrère.

El impostor resultó ser, tal y como había creído, un viaje en montaña rusa por la historia y un pulso al porqué de la literatura. Pero la verdadera sorpresa fue descubrir que aquel no era solo el retrato de un nonagenario mentiroso que se resistía a admitir su pecado, sino también de su Némesis, el historiador que lo había desenmascarado, de alguna manera el héroe y el villano de aquella historia, es decir, Benito Bermejo. En el libro, Javier Cercas contaba detalladamente las primeras sospechas de mi tío, sus encuentros infructuosos con Marco, el posterior descubrimiento y las suspicacias sobre él —¡se llegó a decir que era un agente del MOSAD!— que se levantaron tras aquel destape. Señalaba, además, con buen tino, que mi tío, el historiador que por las mañanas hacía de los archivos sus oficinas, que viajaba a Alemania, Bélgica o Francia para interrogar a sus fuentes, era un historiador al margen del sistema académico y universitario. «Quizás no sea ocioso preguntarse, en todo caso, por qué fue un fuera de la ley de la academia quien se atrevió a desenmascarar a Marco y a meter el dedo en el ojo de la industria de la memoria, de la que también se beneficia la academia», resaltaba Cercas.

Porque el libro de Cercas coincidía también —y no por casualidad, está claro— con una época en España donde la impostura —el arte de falsear— se había convertido en una realidad cotidiana. La única ventaja de alcanzar la madurez en una época como esta es el firme compromiso que se adquiere con la verdad, el juramento íntimo que uno hace consigo mismo para no caer nunca en la impostura. Aquella referencia moral a la que Benito Bermejo y Sandra Checa apelaban en su reflexión sobre los deportados españoles cuyo testimonio les había servido para documentar la historia. La única ventaja de madurar en la era de los impostores, me figuré tras la lectura del libro de Cercas, era conocer y reivindicar a aquellos que los desenmascaran para que su ejemplo nos sirva para no caer nunca en el riesgo de la mentira.

El 11 de diciembre del pasado año, Mario Vargas Llosa dijo en su columna de El País «La era de los impostores» una cosa hermosa sobre Benito Bermejo: «Qué pequeñito y olvidable parece el aguafiestas de su historia, el decente y honesto historiador que, sin siquiera beneficiarse con ello y hasta recibiendo por su altruista tarea buen número de ataques, lo desenmascaró, guiado solo por su amor a la verdad y su repugnancia por las mentiras históricas». La idea de escribir este texto nace tras aquella lectura. Hace diez años del caso Enric Marco, una década de reuniones familiares en la que he procurado sentarme cerca de mi tío, preguntarle, escucharle, atender silenciosamente a sus investigaciones. Benito Bermejo jamás las escribiría todas juntas en un artículo; su preocupación es otra: conocer la historia. Y, sin embargo, aquí reunidas, reproducen mi sensación como oyente afortunada y evidencian algo que me gustaría remarcar, precisamente ahora, cuando nos rodean los impostores. Por muy pequeñitos y olvidables que sean, qué importantes son los historiadores que les aguan la fiesta solo por su amor a la verdad.

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